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Entrevista a Olivia Valdés en revista Visión Frutícola

La agricultura en Chile puede aportar a la crisis climática y también al desarrollo territorial

Con una mirada sistémica la profesional entrega una mirada sobre el rol que juega el sistema alimentario a la hora de transformarse en un aliado para fomentar economías más circulares y sostenibles. Por Marcela Venegas Fotografía: Arthur Dressler

Entender cómo funcionan estas fábricas naturales (plantas) que son capaces de producir alimentos y al mismo tiempo entregar servicios ecosistémicos, fue lo que motivó a Olivia Valdés (32 años) estudiar biología en la Pontificia Universidad Católica de Chile.

Trabajó en la Fundación Chile en el área de alimentos y biotecnología, en donde conoció el mundo de la innovación y del trabajo colaborativo con diferentes instituciones, para luego trasladarse a Estados Unidos a continuar con sus estudios en la Universidad de California Los Ángeles (UCLA), en la que hizo una pasantía en investigación en estudios de biología circadiana y reloj biológico. En California fue parte del startup en la industria de alimentos OMG!, lo que le permitió conocer el lado más comercial “en donde se materializa la innovación”, para finalmente hacer su especialización en licenciamiento y transferencia tecnológica en la Universidad de California Davis.
Si bien a su regreso a Chile se toma una pausa para dedicarse a su familia (tuvo a su primer hijo en Estados Unidos y retorna con 7 meses de embarazo) vuelve con ganas de seguir aportando desde la ciencia y la innovación al sector agroalimentario. Es ahí donde se le abre la oportunidad de trabajar en UC Davis Chile life sciences innovation center el que se transformó en el “lugar perfecto donde continuar con mi carrera”. Es así como asume como Food Science Coordinator de la institución.

“El sistema alimentario se puede transformar en un aliado para fomentar economías más circulares y sostenibles”

El modelo colaborativo como agente de cambio

Hace algunos años, CORFO hizo un llamado a centros de excelencia internacional, al diagnosticar que había una disociación entre lo que es el conocimiento académico, la investigación y las necesidades de la industria. Es ahí cuando llegan centros como CSIRO, Fraunhofer y UC Davis Chile, parte de una universidad reconocida a nivel mundial por la innovación e investigación en agricultura y medicina veterinaria, y por la “conexión permanente entre conocimientos y los problemas de la industria, generando una retroalimentación constante entre investigadores que hacen ciencia básica y aplicada, extensionistas, asesores, productores y profesionales de la cadena”, plantea la profesional.
En 2019 lideró el estudio sobre Economía Circular que encargó ODEPA del Ministerio de Agricultura de Chile a UC Davis Chile. Se conformó un panel de expertos internacionales con experiencia en investigación aplicada y herramientas de análisis para apoyar políticas públicas, y se realizó un levantamiento de iniciativas demostrativas y talleres prácticos en cinco subsectores -incluido el frutícola-, recopilando información sobre cuáles eran las oportunidades que veían. Además, recogió experiencias de países que fueran referencia para Chile, como Uruguay, Canadá, Alemania, Colombia y Holanda. “Hay un interés de la industria por ver cómo la economía circular me hace sustentable y, al mismo tiempo, es una oportunidad para generar nuevos modelos de negocios, siendo más eficiente en el uso de recursos e impactando directamente en los costos. Si todos avanzamos hacia esta línea, la agricultura en Chile puede aportar a la crisis climática y también al desarrollo territorial”, comenta.

¿Dónde están las principales brechas en Chile a la hora de trabajar interdisciplinariamente entre todos los actores por la innovación en el sector?

Creo que cada vez se hace más relevante para la industria el contar con capacidades para evaluar y medir el impacto de las tecnologías e innovaciones que se implementan, en especial en el contexto de estrategias de sustentabilidad, con una visión de largo plazo. Si una empresa, industria o gremio dice “nosotros somos más sustentables o somos más eficientes”, no basta con integrar ciertas prácticas de forma individual, sino que es clave entender cómo contribuyen a la sustentabilidad de empresa, de la industria y a las metas que como país nos hemos propuesto, por ejemplo, a través del acuerdo de Paris. Para avanzar en esta agenda de mirada sistémica se requiere un trabajo interdisciplinario e incorporar capacidades para monitorear indicadores de sustentabilidad e innovación. Creo que este cambio de visión está acelerando la colaboración empresa-academia.

El 2020-21 los distintos sectores productivos se han tenido que adaptar a una nueva realidad. ¿Cuáles crees que son los hitos que están marcando el cambio de paradigma en relación a la consciencia respecto al sector alimentario?
Creo que hoy somos más conscientes del rol fundamental que juega el sistema alimentario y lo clave que ha sido el trabajo coordinado para asegurar la disponibilidad de alimentos durante la pandemia. El Covid-19 ha puesto de manifiesto que tenemos que fortalecer las capacidades de nuestra sociedad para enfrentar de forma resiliente las próximas amenazas. Cada vez es más relevante el cómo estamos enfrentando la sostenibilidad de un sistema alimentario que debe continuar la tarea de proveer de alimentos a una población creciente en el contexto de los límites planetarios y la amenaza latente de la crisis climática. Hoy somos más conscientes de estos “límites” y hay un cambio de paradigma cuando dimensionamos el impacto que tiene una economía lineal en términos del desperdicio de recursos, nutrientes y energía, así como también la degradación del capital natural que resulta de estos sistemas productivos.

En la agricultura sabemos que la producción de alimentos es altamente demandante de recursos, pero muchos de los insumos como fertilizantes o plaguicidas, se usan de forma desproporcionada a lo que requiere el cultivo, eso nos habla de que generamos desperdicios muchas veces innecesarios.
Si bien lo anterior es visto desde el problema, creo que lo más positivo es abordar este cambio como parte de la solución, el sistema alimentario se puede transformar en un aliado para fomentar economías más circulares y sostenibles.

Con respecto a ese último punto, ¿crees que la industria ha recogido el guante de la sustentabilidad y ha interiorizado la problemática?

Chile es un país exportador y estamos abiertos al escrutinio mundial, eso nos obliga a estar mejorando constantemente bajo los estándares y certificaciones internacionales. Creo que los mercados de destino se han puesto más exigentes y nos enfrentamos a consumidores que se cuestionan “cuál fue el costo real de producir esta fruta”, lo que se traduce en un driver para que las empresas empiecen a hacerse cargo. Hay acciones que hablan o que te marcan de que el tema está en la agenda. A través de los APL, por ejemplo, las empresas se auto imponen metas para disminuir los impactos de los residuos en el medio ambiente.
El estudio para ODEPA identifica qué estamos haciendo, qué es lo que nos falta por hacer y cuáles son las oportunidades por delante. Recogimos más de 230 iniciativas, y en particular en el sector frutícola vimos que cada vez son más comunes las prácticas agroecológicas, que no se limitan a la producción orgánica, sino a cómo incorporar algunas prácticas para mejorar los servicios ecosistémicos que ofrece el cultivo, o cómo mejorar la salud de los suelos o aumentar la biodiversidad, es decir, hay interés de adoptar esta visión más sistémica, pero falta mucho por hacer.

“Las empresas necesitan entender cuáles son los beneficios directos (cuantificados) de implementar estrategias de circularidad que justifiquen el esfuerzo y la inversión en tecnología y capital humano”

¿Qué pasa con el uso del plástico en la industria y la reutilización de los residuos? ¿Hay alternativas reales?

A nivel general, en el tema de los plásticos se ha avanzado mucho. En Chile hay un compromiso al incluir envases y embalajes en la Ley REP, y también la participación que tenemos como país en el pacto por los plásticos que lidera Fundación Chile. Eso significa un compromiso gigantesco de generar infraestructura, cadenas de valor, para reforzar las capacidades que hay en los gestionadores de residuos. En el caso de la fruticultura, cuando se pone una fruta en un envase se tiene que asegurar todo el ciclo de vida y la materialidad de envases y embalajes. Sin embargo, hay muchos plásticos de la agricultura que comúnmente se entierran o se queman, y estos no son parte de la Ley REP y representan un desafío pendiente. Falta adopción tecnológica, infraestructura y gestión, se habla de plásticos compostables, pero muchas de esas soluciones están a nivel de prototipo o no tienen un precio que sea competitivo para la agricultura de gran escala. Hay algunas iniciativas como el programa Campo Limpio que coordina la recuperación y reciclaje de envases fitosanitarios a lo largo de Chile. Sin embargo, para esto se requiere liderazgo, pero por sobre todo un compromiso y cambio cultural.

En nuestro país solo el 4% de las compañías están certificadas como empresas B. ¿Qué falta para que más se sumen a esta tendencia?

El sistema B tiene como pilar que las empresas son responsables de crear valor económico, social y ambiental. Hay emprendimientos que nacen desde esta visión, pero para sumar actores que no venían con este ADN en este movimiento, me parece que es importante demostrar los beneficios para las empresas de implementar modelos de trabajo más sustentables y colaborativos. Justamente, en el estudio que elaboramos para ODEPA, las empresas nos transmitieron que ellos necesitan entender cuáles son los beneficios directos (cuantificados) de implementar estrategias de circularidad que justifiquen el esfuerzo y la inversión en tecnología y capital humano. En este sentido, al sector le falta solidez para dar respuestas a estas inquietudes, tenemos pocos proyectos demostrativos que consoliden de forma sistémica estos indicadores de impacto, falta investigación e innovación, para avalar el por qué hacer estas cosas, y acompañamiento en la adopción tecnológica, porque en el fondo lo estamos hablando desde la teoría, y existen muchos estudios internacionales, pero es clave tener experiencias adaptadas a la realidad local.

“Un elemento clave que vemos de la experiencia internacional es la capacidad de articular cadenas cortas para asegurar soluciones autosustentables y logísticamente viables”

¿Y eso tendría que nacer desde la industria?

Hoy la industria ve que acá hay un gran potencial, pero es una especie de caja negra, por eso es importante ir resolviendo de a poco estas brechas de información, y en este sentido la relevancia de potenciar la colaboración industria-academia-sector público. Por ejemplo, en Chile generamos grandes volúmenes de residuos y subproductos orgánicos, pero aún no hemos resuelto cuál es el valor agregado que le vamos a dar y qué impacto va a tener para el sector. Las alternativas van desde generación de energías limpias, bioinsumos circulares y regenerativos para la agricultura, donación o desarrollo de alimentos e ingredientes, o desarrollo de alimentos para mascotas y animales. Desde las soluciones más innovadoras y eficientes, hoy se destaca el uso de insectos, verdaderas fábricas que transforman residuos en productos de alto valor agregado para alimentación orientada a la industria acuícola o animal.
Sin embargo, un elemento clave que vemos de la experiencia internacional es la capacidad de articular cadenas cortas para asegurar soluciones autosustentables y logísticamente viables.

¿Cómo se pueden consolidar modelos de colaboración y de negocios en torno a la economía circular dentro de la industria frutícola?

Algo muy interesante que hemos visto en los distintos sectores y creo que el frutícola no queda para nada fuera de esto, es que se genera la oportunidad de hacer sinergia industrial en donde una empresa que hoy genera un residuo o descarte, está interesada en darle un valor agregado, generar tal vez una nueva línea de negocios. Ahora bien, una empresa que se ha dedicado toda la vida a hacer, por ejemplo, alimentos congelados y procesados, no va a pasar de un día para otro a vender fertilizante, pero sí está el interés de decir acá hay una caja negra y con mucho potencial. ¿Cómo podemos abrir estas oportunidades? Creo que ahí surgen estos modelos de negocios colaborativos, donde hay una co-inversión, vamos descubriendo en conjunto con otra industria que complemente con conocimiento y capacidades de distribución y comercialización de los nuevos productos – lo que a su vez baja la incertidumbre y el riesgo-. Esta es una oportunidad que espero se potencie en los próximos años en Chile, ya que se puede aplicar de forma transversal desde el núcleo familiar hasta el productor o exportador.

Revisa la nota publicada en revista Visión Frutícola 

 

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